viernes, 5 de noviembre de 2010

Busca por dentro

Llega el momento en el que uno se detiene y quizás se sienta a pensar, analizar, en todo lo que ha sido su vida.
En realidad...¿estoy haciendo las cosas bien?
Para los jóvenes es mucho más fácil caer en ese gran dilema, será porque no hemos madurado lo suficiente, no equilibramos nuestras actitudes y emociones o tálvez porque no queremos dejar de seguir siendo unos niños.
Es gracioso pero la mayoria de personas siempre actuamos de una u otra manera como niños, yo no sabría definirlo...
¿Es acaso una coraza? o simplemente es nuestra natureza...
Lo cierto es que no malo querer sentirse como niños, lo importante aqui es tener una estabilidad tanto emocional como actitunal, la ley de la vida es caer y levantarse, aprender de los errores, no tropezar con la misma piedra.
Pienso que cada persona tiene una esencia en particular, la cuentión es no perderla, no olvidar lo bueno que te enseñaron, amarte sin limites, pero sin caer en el egocentrismo, valorarte y hacerte respetar bajo cualquier circunstancia.
Las personas estamos llenas de sueños, y luchamos incansablemente por alcanzarlos, por eso no dejes que cambien tu forma de pensar, de sentir, cree en ti, y no tengas miedo a equivocarte.
Los seres humanos realmente inteligentes son los que saben resolver sus problemas, y aprenden de sus errores.
Asi que no es malo sentirse de vez en cuando como un niño, lo importante es no evadir la realidad...Suerte.

miércoles, 16 de junio de 2010

Tu decides...




¿Nunca se nos ha escapado una lisura?...


Decir que no,sería la más grande de las mentiras, lo cierto es que hasta las personas que se hacen llamar recatadas, respetuosas, en fin toda una cajita de buenos modales y costumbres, han mencionado alguna vez una lisura,sino es que muchas...

Hay personas que se cuidan exageradamente al momento de hablar, por el simple hecho de no ser consideras "atrevidos", "lisurientos", "lisos".


Debemos rescatar tambien que ni los personajes mas ilustres y cultos,los artistas,los presidentes,hasta los sacedortes,ninguno de ellos se salvan, todos hemos dicho alguna vez una lisura, creo que el hecho de hablar o vociferar semejantes palabrotas es una especie de libreración de nuestras emociones, de no sentir la frustracción, quizás por que alguien te opacó delante de los demás,te hicieron una broma pesada, o te hizo sentir mal.


Les confieso que alguna vez se me ha escapado un (PTM) o (CSM),y pienso que es mucho mas sano decirlo o pensarlo,que tratar de sacar el coraje del momento de otro tipo, uno puede reaccionar de diferentes formas y una de las mas cercana serían los golpes, como ha pasado en muchos programas de cámaras escondidas, donde les juegan más de una broma a estas personas y finalmente ellos terminan optando por raccionar de forma agresiva.


La verdad es que las "lisuras", no son exclusivamente propias de una clase en particular, han pasado a ser parte de nuestro lenguaje cotidiano ya sea por chacota, o simplemente para no ser considerado el mas lento o estólido del grupo, en fin todas las opiones se respetan...


Definitivamente las "lisuras", son consideradas palabra grosera e irrespetuosa, se escuchan mal,otras nos dan risa, hasta el extremo de las carcajadas,si insultas a alguien y éste se ofende, ruega que sea una persona pacífica porque sino...agarrateee...de seguro eso no termina muy bien.


Los peruanos aprendemos y prácticamos lo que escuchamos por allí, y no hablo simplemente de las "lisuras", sino tambien de las famosas "jergas", esas que escuchamos muchas veces en la calle, en nuestro grupo de la universidad, o de la gentita más cercana a nosotros.


Recuerda que no puedes exagerar, una cosa es sentirte libre, sin mascaras, y otra muy distinta es que manejes todo un diccionario que uses a diario y en abundancia,y menos si te pasas la vida ofendiendo a los demas.

Si las "lisuras"son tu forma de librar tus emociones, adelante...


Pero no lo olvides...sin exagerar,mira que puedes terminar con un ojo morado...






jueves, 13 de mayo de 2010

ENSÉÑALE A CAER

Lamento no poder ser, esta vez, tu solución, joven guerrero. A mal árbol te arrimas, yo he de ser el menos indicado para ayudarte en este caso. Sabrás perdonarme pero yo tampoco tengo la menor idea de que hacer ni por dónde comenzar. Yo tampoco sé cómo diablos se hace para criar a un hijo. Además, ni falta que hace porque, a estas alturas, me queda claro que no lo voy a tener, de modo que lo único que se me ocurre –en este instante en que te quiero más que cuando aún no eras papá– es escribirte esta lista de todo lo que yo NO haría.
Nunca emplees –con tu hijo– la palabra “obedecer” porque es un verbo indigno que denigra hasta a quien lo usa. Nadie es tan sabio que merezca ser obedecido. Enséñale, más bien, a dudar, a cuestionar, a rebelarse contra todo lo que le parezca injusto, sucio, cruel o falso. Anímalo a ponerse siempre del lado del que va perdiendo, del que se está llevando la peor parte, a proteger al pequeño y al frágil: al anciano, al pobre, al enfermo, a la flor, al niño, al perro. Y a serles fiel. Enséñale, por supuesto, a pelear por lo que cree. A guerrear como un loco por la verdad a como dé lugar, al precio que sea, hasta las últimas consecuencias. A creer en la gente que la busca y a dudar de la gente que la encuentra. Nunca prohíbas, convence. Nunca des órdenes, plantea siempre un gran abanico de alternativas. En lugar de pretender decirle lo que tiene que hacer, cuéntale tu experiencia: dile lo bien o mal que te fue en la misma situación y después déjalo solo. Que sea valiente y que decida solito. No le impongas tus opiniones. No le impongas tus afectos. No le impongas tus gustos. No le impongas tu religión. Ahórrale la mayor cantidad posible de miedos y de culpas y lo habrás librado de una inmensa carga de dolor completamente innecesario. No emplees nunca la palabra “cállate”. Jamás grites, ni golpees, ni castigues. Enséñale, más bien, que el que grita más es siempre el menos fuerte, que el que más maldice es siempre el menos temible, que el que insulta más es siempre el más imbécil.
No dejes de abrazarlo y besarlo sin falta todos los días. La certeza de que tú lo quieres más que a nada en este mundo será una razón para aprender a quererse primero y para (intentar) querer a los demás, después. No dejes de abrazar y besar a tu mujer delante de él, quiéranse siempre a la vista de todos pero cuando tengan ganas de pelear, esperen hasta que él se haya ido a la escuela y peléense en privado. No te permitas jamás, bajo ninguna circunstancia, la suprema cobardía de ofender ante él a su mamá. Recuerda que la madre es lo más sagrado y da la casualidad de que –antes que tu mujer– ella va a ser, sobre todas las cosas, su mamá. Suficiente confusión hay en la vida de los niños como para empeorarla con nuestras frustraciones, nuestros celos, nuestras deudas impagas y con toda nuestra mierda adulta. No toleres nunca en tu casa el dudoso lujo de la violencia, lo único que lograrás será hacer miserable su niñez y cuando crezca y se convierta en la atroz catástrofe que tan primorosamente cultivaste, te devanarás los sesos preguntándote qué hiciste mal. No tengas miedo de mostrarte débil, falible, imperfecto, equivocado, triste, roto, humano. No te avergüences de contarle tus miserias, tus traiciones, tus flaquezas, tus derrotas. Si le hablas con el corazón en la mano, desarrollará un espíritu solidario y compasivo y será capaz de hacerlas suyas también, aprenderá a no sentirse con derecho a reclamarte, a juzgarte y condenarte. No te avergüences de mirarlo a los ojos si un mal día te abraza el infortunio y te ves obligado a cambiarlo de colegio, a mudarte a una casa más chiquita, a vender el carro, a dejar de ir al cine, a comer menos lomo y más grated de atún. Si eso ocurriera –toca madera, claro– pero si eso ocurriera, díselo sin pena ninguna, dile que esta carretera en que viajamos nunca va en línea recta y que siempre habrá tramos que te sorprenden con súbitas curvas e intempestivas bajadas. Y si por el contrario, los dioses te bendicen y contigo la vida se ríe a carcajadas, tampoco se lo enrostres todo el tiempo, no le saques en cara que él tiene todo lo que tú nunca tuviste o que está –por eso– obligado a ser mucho mejor que tú. (Fíjate en la ridícula soberbia que encierra tamaño desafío). No lo obligues nunca a terminar la sopa apelando al hambre que tienen los niños del África a menos que tengas planeado animarlo a donar un porcentaje de sus propinas. Dale todo lo que necesite, pero tampoco mucho más. No olvides recalcarle que a los niños no se les diferencia por las marcas de sus zapatillas. Enséñale –por encima de todo– esa extraña alegría que solo se encuentra en el dar. Déjale muy en claro que cuanto menos tienes más libre eres, que –al final– tener no tiene absolutamente ninguna importancia.
No olvides enseñarle también a buscar la belleza. Entrénalo para encontrarla a cada paso en la perfección de la naturaleza o en el caos y aún en los lugares más insospechados. Por ejemplo: en su país, en el color de sus ojos, en la tristeza, en el silencio, en su interior. Nunca censures su curiosidad, no escatimes elogios a su gracia, talento o brillo, jamás silencies sus pasiones. No lo vigiles. No lo espíes. No lo invadas. Jugar es una actividad muy seria que requiere de la más absoluta privacidad. No le mientas nunca, ni para salir en defensa de un héroe de la patria, ni para hacerte negar en el teléfono, ni para justificar la imperdonable inasistencia de Papa Noel. Tampoco para intentar maquillar en algo los tramos menos admirables de tu biografía. Responde siempre con la verdad a todas sus preguntas, incluso a las más pendejas. Muéstrate siempre ante él gloriosamente desnudo, sin rubores, sin temores, en todo el esplendor de tu imperfección. Que no se olvide nunca de que su mente es el único paracaídas con que cuenta y que solo lo salvará si logra que se abra a tiempo. No le digas que tiene que leer libros, mejor asegúrate de que, en casa, siempre te vea leer. No le digas que estudie, haz que sea testigo de la pasión con que haces lo que sea que hagas en la vida para ganarte los frejoles. No le digas de qué alegrarse, de qué indignarse, a quién admirar y de qué compadecerse. Deja que lo aprenda solo –por imitación o por oposición– viéndote batallar, viéndote sudar, viéndote insistir. Viéndote triunfar y celebrar y también fracasar con toda el alma y volver a empezar todas las veces que sea necesario. Enséñale, por supuesto, a perder, que eso es algo que nos va a tocar hacer una y mil veces. Enséñale a fallar, a sufrir, a llorar, a caer.
Por lo que Dios más quiera, si solamente me vas a hacer caso en una, hazme caso en esta, guerrero: enséñale a caer.

Autor. Beto Ortiz

miércoles, 21 de abril de 2010

Pseudociencia

Pseudociencia significa falsa ciencia. Pseudociencia es cualquier esquema de enunciados, creencias y métodos erróneamente considerados como científicos. Difiere de la anticiencia en la ausencia de declaraciones en contra el método científico.
De aquí se derivan muchas creencias engañosas, al suponer que la realidad reside en nuestra percepción y no en la observación y la experimentación.
Por ejemplo, siendo incapaces de concebir una técnica primitiva para construir las pirámides por ellos mismos, la percepción de los pseudocientíficos sobre la construcción de las pirámides de Egipto los persuade a imaginarse que los constructores fueron Extraterrestres (Aliens).
En otro caso, la apariencia de las estrellas formando imágenes alineadas con la eclíptica solar (zodiaco) induce a algunas personas a creer que las constelaciones tienen un efecto en la vida y el destino de los seres humanos (astrología).
Frecuentemente ellos divulgan declaraciones extrañas, frases misteriosas y alegatos para llenar vacíos ideológicos, usando la palabra "ciencia" para darle alguna solidez a sus propias especulaciones, a viejos mitos, creencias y/o supersticiones.
Los pseudocientíficos dicen, basados en falsos modelos, que los fenómenos paranormales están fuera del alcance de los científicos. Además, ellos califican a la ciencia "ortodoxa" de ser deficiente en la investigación de los esquemas místicos. Así, los pseudocientíficos bloquean el escrutinio de la ciencia real, y engañan al público diciendo que "la ciencia tradicional es incompetente para revelar muchos acontecimientos del Cosmos por medio de las técnicas vigentes."
Por ejemplo, al citar las palabras de científicos relativamente famosos, los fanáticos de los extraterrestres desinforman a la gente al afirmar que sus cuentos son hechos reales basados en la ciencia. Ésto puede verse en la siguiente línea, como ejemplo:
"Criaturas inteligentes evolucionan en el cosmos, y la mayoría de ellas son mucho más antiguas que nosotros." (Supuestamente dicho por un Doctor de Harvard).
Pseudociencia, protociencia y ciencia

La protociencia engloba áreas de conocimiento en proceso de consolidación. Por ejemplo la
alquimia en el siglo XVII entraba dentro de esta categoría. Cuando se descubrió que los principios en la que se basaban (como la influencia de los planetas en los metales) no tenían respaldo experimental, pasó a ser una pseudociencia. Lo mismo puede decirse de la parapsicología en el siglo XIX y principios del XX. No todas las protociencias desembocan en pseudociencias. La alquimia dio origen a la química y la astrología a la astronomía.
No hay un acuerdo para la diferenciación entre protociencia, pseudociencia y ciencia. Hay ejemplos de teorías científicas vigentes a día de hoy que una vez fueron criticadas y etiquetadas como pseudocientíficas. La transición se caracteriza por una mayor investigación científica sobre el tema y el descubrimiento de más evidencias que sustenten la teoría. Así, la teoría de la deriva continental fue, en su momento, considerada pseudocientífica

Pseudocienci@s o cienci@s re@lmente...?

Est@ sem@n@ h@bl@mos en cl@se de los misterios que encierr@n l@s pseudocienci@s, fue un@ cl@se din@mic@,pero h@y much@s pregunt@s por resolver aun...nos ayud@s?...